p e r f i l e s d e c i u d a d

jueves, 23 de noviembre de 2017

Veo sus rostros



Veo sus rostros semejantes y sus lenguas tan distintas.
Su dolor es el mismo dolor humano.
Veo el castigo de su miseria
pero, ¿es acaso esa vida menos vida?
Exhiben su obscena riqueza aquellos que los desprecian,
mujeres bellas, bellos hombres en pasarelas de vanidades,
niños consentidos infelices que reclaman todo.
Dueños de este mundo son dioses
que desde sus púlpitos se muestran orgullosos
de un éxito que no es mérito propio
sino inmerecida herencia.
Aún confían en un dios los desheredados,
a pesar de la pobreza y su hambre.
Frente al escaparate de los deseos,
la dignidad en una mirada,
en el surco de la piel dolorida,
arañada el alma por la cruel injusticia,
heridas que no cicatrizarán nunca.
Sus palabras no escriben discursos
y sus voces cotidianas se perderán
en el vacío del olvido.
Van con las manos llenas de nada,
los ojos clamando al cielo de su infierno.
En la boca un grito ahogado
y el destino grabado en el pecho.

martes, 21 de noviembre de 2017

La lluvia



El golpeteo continuo de la lluvia
únicamente era alterado por el esporádico
rugir de algún motor.
Cansina, acribillaba la tierra
que, borracha de su elixir,
vomitaba por doquier charcos.
Danzarinas, las gotas rebotaban
sobre el cuenco de aquellos espejos,
enturbiando el reflejo de las nubes,
desapareciendo por arte de magia
entre la espuma de su borboteo.

lunes, 20 de noviembre de 2017

No siempre



No es la vida siempre amable,
sólo en esos días que, aún nublado,
luce en tu ánimo un radiante sol,
todo parece fluir por la voluntad
espontánea de un dios generoso,
momentos alegres donde
huyen los miedos
despavoridos
y te baña una belleza estable y fuerte.
En unos segundos esa gran mole
de seguridad y armonía,
esa muralla que te protege y defiende
de los vientos destructores,
se tambalea como baraja de naipes,
convirtiéndose en escombros aquella felicidad.
Ese mundo equilibrado, lleno de luz y color,
se cubre de tinieblas y caminas
por suelo pantanoso.
El monstruo del mal merodea por los alrededores,
te inunda una sensación de impotencia.
Desamparado, al desnudo,
ante el feroz ataque quedas
con sólo la piel como armadura.
El miedo te comprime, pequeño e insignificante,
ante su voracidad insaciable.
Te paralizas o te vuelves cruel contra el débil,
frustrado ante el fuerte, pataleas a ciegas
y, aunque grites y te desesperes,
no habrá quién te oiga en ese profundo pozo.
Reina en esos momentos el dios castigador
y vengativo.
Puedes salir sin daño de su embestida,
tal vez te haga inmune a sus vaivenes,
pero si su lanza abre en tu pecho una herida honda,
no habrá cura ni remedio que te salve.
Pasarás por la vida creyendo que esto
es un valle de lágrimas y quizá ansíes
que, al otro lado, un paraíso te compense.
Harto de mentiras, lucharás con rabia,
con uñas y dientes hasta que todo se acabe,
por arañar de su dura piedra y sacar
de sus frías entrañas un poco de dulce miel,
agarrar con fuerza esa voluble cometa
que se agita y parece querer siempre
zafarse de tus manos.
No esperar compasión de un dios que no existe
pero sí la indulgencia de un universo justo.