p e r f i l e s d e c i u d a d

jueves, 25 de enero de 2018

Ella



Ella camina con alquitrán en la suela de sus zapatos.
Sobre mármoles blancos le delata la mancha oscura
igual que el agua humedece la tierra seca.
Ella camina con ampollas en los pies por calles de asfalto
como si fueran esquirlas de rocas.
Ella camina con el miedo aprisionado, oculto bajo una máscara.
Pasea por prados de fina hierba que son ascuas ardientes.
Ella camina y su paseo es tormento,
vigilancia constante,
control minucioso de sus pasos.
Todos sus sentidos se fijan al centro de la diana,
desaparecen los contornos y sus detalles,
el aire que contiene sus movimientos
se reduce a la celda que la ata,
alerta ante la amenaza de un enemigo,
carcelero celoso de un candado sin llave.
Inocente de su cadena perpetua, no saldrá indemne,
los años añadirá aún más castigo por ley.
Ella vive bajo su propia sospecha:
la vara que la golpeará si se sale del orden.
No hay algodones que la puedan proteger,
ni el sueño le permite un descanso.
Es su sino, nada podrá ya salvarla del peor pronóstico.
Lo sabe y consiente ser mártir de un sacrificio impuesto.
Camina sin hacer ruido para no despertar a la bestia,
siguiendo el ritual de un conjuro
que tal vez prevenga, aunque no le conceda respiro.
Ella es ave que no puede prender el vuelo
porque van pegadas a su sexo sus únicas alas.
No le basta a su verdugo con el castigo
sino que vierte hiel al almíbar de sus placeres.

lunes, 22 de enero de 2018

Uno intenta buscar entre las palabras



Uno intenta buscar entre las palabras
aquellas más jóvenes, con aire de lozanía,
que esparcen aromas frutales
y seducen con la mirada.
Pero, por ser tan golosas, todos las quieren
y se vuelven, como amapolas manoseadas,
de macilenta piel y ajado aspecto.

Las palabras se repiten
como pesada digestión.
Son como un viejo mueble cubierto de polvo,
sin brillo, ocultando bajo el velo
su verdadera y auténtica belleza.
Decepcionado, rebuscas por cajones
reliquias de un pasado,
como aquella pequeña caja de música,
objeto delicado y único de singular belleza,
que guarda las notas de una hermosa melodía.

Todos bebemos del mismo pozo,
apenas surge, de vez en cuando,
una piedra preciosa de su profundidad.
Al final, en la laguna pobre donde nadamos
hallar peces que nos alimenten
en sus turbias aguas 
es tan difícil como encontrar
la perla pura y genuina.

De modo que, cogemos ese vestido
algo anticuado, de la abuela,
pasado de moda y hartos de su estilo escueto,
tratamos de darle un aire renovado.
De la manga larga sacamos un volante,
quitamos botones, ponemos cremalleras,
alargamos o acortamos según se lleve,
zurcimos algún desperfecto,
y, en su lugar, colocamos un lazo
o una bonita flor,
dando al conjunto una improvisada imagen
de exquisita elegancia.

La ilusión de crear con rimado equilibrio
otra mirada de las cosas,
como si se tratara de un estreno,
el lenguaje de esa estructura anodina,
adquiere una nueva expresión
y su figura, con primoroso giro,
recupera un esplendor exultante.
Las líneas recompuestas y el orden alterado
consiguen que las limitaciones de origen desaparezcan.
Con este nuevo diseño,
corregidos los fallos, disimulados los defectos,
se dibuja una silueta soberbia,
que haga sobresalir, en lo posible,
sus méritos.

Por lo general,
son más los alardes de apariencia,
la capacidad y el talento de extraer
el máximo encanto.
Es el sutil adorno de volantes,
pliegues y frunces,
lo que da al vuelo de la falda
el grácil y rítmico movimiento.

sábado, 20 de enero de 2018

Cuando la razón se pierde


Cuando la razón se pierde
planea la inspiración su cielo,
apartada en su oscuridad
busca la luz del infinito.
El suelo amarra la conciencia
y el espíritu muere de sed,
mientras que, aquel que alza el vuelo,
ave libre, sin tratos ni pacto,
en la locura de su mundo
encuentra todas las puertas abiertas.
En un cielo sin muros ni ventanas,
huye de nidos en hileras de árboles
firmes y rectos en sus normas,
como ejército inmóvil y siniestro.
Aquel que, en su demencia,
cortó los lazos del dogmático pensar,
aquel, cuyos pies nunca reposan en tierra,
sino que danza entre las nubes
en eterno vuelo,
ese abrazará el sol con sus alas.
Y, aun quemándose en exaltado gozo
e ingravidez incorpórea,
valdrá el sacrificio de su carne
por alcanzar la victoria de la inmortalidad
antes que, encorvada la espalda
en servil demostración,
coma de la mano del hombre
y perezca en su jaula.